Reseña: The Wytches – Annabel Dream Reader

El “mal viaje” mejor retratado de la neo psicodelia en lo que vamos del milenio.


La psicodelia viene, literalmente, arrasando con todo a lo largo de los últimos dos años. En ese lapso de tiempo hemos visto consagraciones (Tame Impala), revelaciones (Temples), veteranos que vuelven a sacar su mejor versión (Primal Scream) hasta evidenciar en algun punto que el panorama dominante en la música indie es el de crear viajes que te lleven bien a un universo mas amable, o bien (como en este caso) a un estado de confusión mental abrasivo, decadente y en cierta forma reivindicativo de lo que ya el garaje rock revivió a comienzos de los 2000.
Esa forma tan enfermiza que tiene The Wytches para afrontar su música no es la primera vez que se ve, pero si puede que sea la primera vez que alcance ese nivel de importancia en el ámbito independiente.  El año pasado lanzaron una serie de sencillos y un cassette de edición limitada que ya huele a leyenda, Thunder Lizard Revisited, pero no nos adelantemos a la historia. Esa se tendrá que contar en un post aparte, porque es un acople tan curioso el que se da con este trío de Peterbrough, que permite entender mucho mejor el por que de su existencia y la atención de los últimos meses. Y es una buena historia, por supuesto.
El caso es que consiguieron llamar la atención de Heavenly Recordings, quien rápidamente los firma, siendo con ellos con quienes aparece este debut, rodeado de mucha expectativa, incluso dándose el lujo de trabajar con el guitarrista de The Coral, Bill Ryder Johns en la producción. 
Arrancamos con “Digsaw”. Parece a medio camino entre Nirvana, Temples y los primeros The Horrors. Puro garage psicodélico con la batería en plan surf para aumentar esa dosis de adrenalina tan gigantesca que inspira. Solo viendo las visualizaciones en el reproductor de Windows uno piensa: “fueron hechas para esa canción”. Con un sabor mas turbio y de mal viaje aparece enseguida “Wide At Midnight”, un blues tan desquiciado que puede hacer estallar audífonos sin ningún inconveniente.
“Gravedweller” prolonga un poco mas las distorsiones de garage pasado de anfetaminas. “Fragile Male” evidencia una inspiración mas setentera de gente como el Edgar Winter Group o Hawkwind, estos últimos una referencia constante a lo largo del álbum. “Burn Out The Bruise” vuelve a la agresividad del inicio, siempre dando la sensación de que los eventuales malos viajes de Brian Wilson de The Beach Boys con el LSD podían tener ese sonido como banda sonora.
Continuamos con “Wire Frame Mattress”. Entre distorsiones salvajes, una batería agresiva, y el puente que parece a emular a Dick Dale pero con mas alucinógenos encima, se forja con la fiereza del herrero la mejor canción del álbum. Con una línea mas western se aparece “Beehive Queen”, que bien podría haberla cantado Jack White. Es guapachosa a su manera, y sabe poner el ambiente peligrosamente exótico. 
Pasamos a “Weights And Ties” y la cosa es blusera. Con ellos pasa un poco lo que algunos críticos decían de Joy Division: la originalidad se evidenciaba realmente en los temas lentos, no en los rápidos. Y en este caso arman un acople sórdido, lento, turbio, decadente, uno que puede estar ebrio o drogado, pero nunca en sus cinco sentidos. “Part Time Model” es paganismo puro. Pero a diferencia de Temples que ejercen de sacerdotes o predicadores de la buena nueva, The Wytches es el culto barriobajero en su máxima expresión. En “Summer Again” parece que algo se rompe, como si las drogas ya estuvieran haciendo su efecto mortal. Empiezan a verse los recuerdos de una niñez mas inocente contrastados con un presente mas melancólico y podrido. Una bonita canción, perfectamente cumple la función de “Comfortably Numb” en el concepto del The Wall de Pink Floyd.
Vamos llegando al final y nos encontramos con “Robe For Juda” y “Crying Clown” que acentúan esa sensación de haber consumido drogas adulteradas o algo por el estilo, mientras esas canciones parecen hacer una oda a como se descomponen y a su vez descomponen nuestro cuerpo. “Track 13” cierra tranquila, acústica, como una balada para esperar la muerte por sobredosis. Espíritu cabaretero por todas partes para concluir por todo lo alto con un debut que, nuevamente (y como viene siendo costumbre en los últimos meses) planta a la psicodelia en un estado mental totalmente nuevo.
A pesar de tener 13 canciones (considerablemente largo para el estándar actual), Annabel Dream Reader es ágil, fluye natural y te impacta de igual manera. No se siente intimidado por tener mas o menos canciones, de cualquier forma el resultado siempre es el mismo: el “mal viaje” mejor retratado de la neo psicodelia en lo que vamos del milenio.
Mi recomendada es “Beehive Queen”. Fácilmente puede convertirse en un clásico de esta década.

Aquí va “Crying Clown”.

Calificación: 4.5/5
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