Reseña: Pink Floyd – The Endless River


Ojala este si sea el último álbum de Pink Floyd.

Pink Floyd no necesita presentación. Es un ente que todo amante de la música que se ufane de serlo debe conocer. Capaces siempre de mostrar los lados positivos y negativos de la leyenda, pueden pasar de ser pioneros de la psicodelia a llevar a la locura a su primer líder, Syd Barrett. De la experimentación de Ummagumma y Atom Heart Mother a la inmensidad de Meddle. De la alquimia perfecta de Dark Side Of The Moon a la “perturbación en la fuerza” de Wish You Were Here y Animals que se cobró al teclista Richard Wright y puso a Roger Waters como líder indiscutido de todo. Del éxito de la demencial empresa de The Wall y The Final Cut (con película de por medio) al choque de egos entre Waters y David Gilmour. De las demandas por el nombre de la banda al liderazgo de Gilmour. De las malas críticas para A Momentary Lapse Of Reason y The Division Bell a los increíbles conciertos en vivo de su última etapa. De la vuelta a la vida en Live 8 a la muerte de Wright.
Por fortuna si algo los hizo legendarios fue ser importantes por su música antes que por sus peleas. De hecho, su virtud estuvo en sacar a relucir la excelencia creativa hasta del peor momento. Sin embargo, en esta nueva empresa que parece ser el último capítulo de Pink Floyd, las dudas son mucho mayores que de costumbre. Después de todo, el final de la banda de Cambridge era The Division Bell. Y estaba bien así.
De cualquier forma, The Endless River aparece como un homenaje a Richard Wright, por su contribución vital a forjar el sonido del grupo con sus teclados prolongados, sencillos y visionarios. Si Pink Floyd es sinónimo de ”rock espacial”, se debe mucho a su aporte. Sin embargo, con Gilmour preparando material solista para el próximo año, más bien parece un ejercicio para llamar la atención previa a su lanzamiento, y de paso sacar algo de dinero extra. En parte es respetable, después de todo el guitarrista se ganó ese derecho. ¿Pero es necesario meterse con el legado de Pink Floyd luego de tantos años? Yo no lo creo, pero la curiosidad por saber cómo funcionaría este álbum es más fuerte que cualquier suspicacia.
Como sea, es un ejercicio que se las ingenia para funcionar. Dividido en cuatro movimientos, efectivamente se sostiene en teclados ejecutados por Wright originalmente durante las sesiones de The Division Bell, y que entre Gilmour, su amigo Phil Manzanera y el baterista Nick Mason se encargaron de rescatar y dar forma sin que perdiesen su esencia original, pero también sirviendo como una retrospectiva de las distintas fases por las que pasó la banda.
El primer movimiento funciona muy en plan “Shine On You Crazy Diamond”, el segundo recuerda más los tiempos de Dark Side Of The Moon, sobre todo cuando llega el turno de “Anisina”, incorporando saxofones y alguna guitarra lucida de Gilmour, pero siempre dándole importancia a los teclados.
En el tercer movimiento recuerdan con claridad los tiempos de A Momentary Lapse Of Reason y The Division Bell, muy por el estilo de temas como “Sorrow” o “Marooned”. El órgano de “Autumn 68’” no deja dudas: van a colar un guiño a Barrett cada vez que puedan. Por otro lado, “Allons-Y” dividido en dos partes muestra los momentos más relevantes de Gilmour en todo el álbum. Y claro, tiene la canción “Talkin’ Hawkin’” en la cual aparece la voz del físico teórico Stephen Hawking.
Para el cuarto y último movimiento sacan a relucir una versión más oscura y melancólica de los teclados de Wright, para luego decir que los mismos son “más ruidosos que las palabras” en “Louder Than Words”. Un poco como diciendo que sin importar si Syd, Roger o David llevaban el liderazgo en Pink Floyd, lo único que los hizo Pink Floyd fue la sencillez de Richard, a la sombra de todo, oprimiendo sus teclas y botones para acercarnos un poco más al espacio exterior.

Para cerrar nos regalan otras tres pistas: “TBS9”, “TBS14” y “Nervana”. Parecen más destinadas a servir de créditos para el mismo álbum que como una continuidad del mismo, pues por momentos parecen querer dar evidencia de la capacidad de improvisación de Gilmour y Mason encima de las partes de Wright.
Al final The Endless River no es un mal esfuerzo. No pierde de vista el darle la importancia que se merece a su fallecido compañero, y todavía se dan el lujo de tener algunos momentos interesantes. Pero sigue siendo una empresa incomoda. No era algo necesario, ni siquiera es un trabajo que uno pueda poner satisfactoriamente al lado de los demás del catálogo de la banda. Ojala este si sea el último álbum de Pink Floyd. No está bien arriesgarse a jugar de esa forma la memoria de los seguidores, aun cuando en esta ocasión se hayan salido con la suya.
Mi recomendada es “Sum”, del segundo movimiento. Honestamente, para mi es ahí donde arranca The Endless River.
Aquí va “Allons-Y (1)”.

Calificación: 3/5

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