Estéreo Picnic 2015, la historia. Parte IV: Dilemas

Con los aplausos del respetable, terminaba Estereo Picnic para mi.

Para concluir su faena de tres días, Estereo Picnic ofrecía en el ultimo una cuota de artistas que iba principalmente dedicada a manifestaciones latinas (o muy afines a esta región). Las excepciones eran marcadas por el reggae de SOJA, el indie de Miami Horror y la electronica cortesía de Calvin Harris y Deep Dish.
Cuando me levante hace una semana (y luego despedir a mi amiga de Cali que se devolvía para su ciudad) todavía andaba con secuelas de dos cosas: una, el señor show de Kasabian. La otra, una sensación cada vez más creciente de fastidio e incomprensión con lo que me estaba rodeando durante Estereo Picnic en esta edición. Me sentía como un viejo amargado pero satisfecho, pues era innegable que me había divertido bastante y que estar acompañado sumaba puntos, pero sentir que no podía convivir con un publico con frecuencia tan plástico y predecible para mi gusto me hacia preguntarme si no estaba ya muy viejo para los conciertos.
Luego de ir al Aeropuerto y buscar (sin éxito) despedirme de Kasabian, me fui para Estereo Picnic con algo de demora, pero sin un afán tan real por ver bandas concretas. En ese punto creo que el rigor periodístico, el profesionalismo y hasta mi amor por la música se habían ido por el drenaje. Iba únicamente porque no quería perder la plata que había pagado por ese tercer día, esa es la verdad.
Ingresé sin mayores inconvenientes y a lo lejos podía escuchar como los mexicanos de Reyno terminaban su presentación en el Escenario Caracol, a la par que arrancaba SOJA en el Tigo. Realmente no me interesaba ver a alguna de las dos (tal vez a Reyno un poco), aunque si me dolió perderme a fatsO, quienes inauguraron ese tercer día, así que entre mi atención dispersa dirigí mis pasos para ver por ratos a unos Elsa Y Elmar estupendos (me recordaron a Bat For Lashes) y en ese matadero llamado Escenario Club Social, a un Andres Correa que si no hubiese tenido tantos líos con el sonido seguramente habría brillado mucho más, pues tanto las canciones como el acople eran formidables.

No me quedé mucho tiempo, pues decidí dirigirme al Escenario Tigo y ver a Draco Rosa. Debo ser honesto y decir que no sigo su trayectoria, pero me llamaba la atención saber de que era capaz alguien que bien podía escribir “Penélope” como escribir canciones para Ricky Martin. Y aunque solo fueron cinco canciones con una puesta en escena bastante oscura, supo demostrar que ni siquiera el cáncer con el que estuvo peleando en los últimos años le ha hecho perder algo de su genialidad cuando de presentarse en vivo se trata.

Solo fueron cinco canciones porque Draco se enojó con la organización del Estereo Picnic y terminó el show antes de tiempo. Según él, era una falta de respeto que el Escenario Club Social estuviese tan cerca del principal, pues desviaba la atención del publico. Si bien considero que fue una pataleta sin demasiado fundamento (es relativamente normal que eso ocurra en un festival, cualquiera que sea), ese momento confirmó uno de los grandes fallos de Estereo Picnic este año: la disposición del tercer escenario. Si uno quiere crear promesas en ese ultimo escenario, al menos que les den un espacio donde sean más un rincón para los arriesgados que quieren escuchar nueva música y menos una piedra en el zapato que se atravesaba cada vez que la gente cambiaba de escenario.
Hasta ese entonces estaba acompañado, pero decidí abandonar el tumulto por un rato para comer algo, descansar y sobre todo, pensar. Por mucho que lo intentaba mi cabeza todavía no estaba cien por ciento enfocada en el evento, y no quería importunar a nadie con mis quejas ni con mi evidente cara de angustia en esos momentos.
De cualquier modo, el show debía continuar (gracias DMK por recordármelo) y le llegaba la hora a Miami Horror. Tenia buenas referencias de ellos porque los amigos de Medellin que me estuvieron acompañando en esos tres días los vieron el año pasado en el Breakfest tocando con Franz Ferdinand.
Me gustaron. Tienen un concepto muy similar a Phoenix, pero mas orientando al house y por momentos al funk. Tuvieron su momento de gloria cuando el vocalista se subió por los soportes de la tarima varios metros, desafiando a la muerte y demostrando una entrega admirable. Animaron un ambiente en el que cada vez más se respiraba la ansiedad por ver al hombre que, odio admitirlo, todos queremos ser.

Calvin Harris despierta amores y odios, haga lo que haga. La cosa es que lo respeto mucho como productor (como a buena parte de los responsables de la EDM), pero cuando se trata de los sets en vivo la cosa es muy distinta. No logro encontrar el sentido de pagar por ver a un tipo con un show de luces rimbombante que pone canciones (no las ejecuta y ni siquiera hace un esfuerzo visible para sincronizar los temas, por lo que ya está todo sincronizado), mientras que hay gente que da la espalda y solo baila. Ni siquiera ven al personaje, solo bailan.
Eso en si no es malo, pues eso lo hace uno en cualquier discoteca y es como funciona el entretenimiento. Pero si uno quiere verlo desde una óptica más estrictamente musical, ¿Como se justifica gastar tanta plata para solo bailar y darle la espalada a lo que ocurre en escena? ¿Qué hace que la gente diga “fue lo mejor del Estereo Picnic”? ¿Cual es el valor o la dosis de riesgo que ofrece? 
No lo sé, pero a pesar de esas inquietudes, no voy a negar que disfruté por momentos de su set. ¿Por qué? Puso algunas canciones que me gustaban y algunas remezclas interesantes. En el primer apartado, una muy inesperada “Flashback”, junto a “Sweet Nothing”, “We’ll Be Coming Back” o “Blame”. En el segundo, puso unos segundos del clásico de Yeah Yeah Yeahs,
“Heads Will Roll”
. Para sentirme en una discoteca no estaba mal, de hecho era el que más publico convocaba en lo que llevábamos de Festival.
Pero insisto, el rol del DJ está muy distorsionado. Como me apuntaron hace unos días, la gente no distingue del que solo pincha del que es productor. Los roles a ese nivel pueden ser confusos, mucho más cuando me doy cuenta de una verdad interesante: sus juicios de valor parecen orientados a que es tecnológicamente imposible un set malo, pues recurren a hits propios y de otros, sincronizados con un show de luces rimbombante y milimétrico.
Pero aun así hay revistas de DJs, los tops de los mejores del mundo y cosas por el estilo juzgando quien es mejor que quien. Aun cuando todos son “perfectos”… No encuentro mucha coherencia en ese tema. Le agradecería en el alma a quien me pudiera explicar esas cosas, porque yo todavía no doy con el chiste. Como yo lo veo, esa figura es en la actualidad un equivalente a la rimbombancia de Poison, Motley Crue y similares a finales de los ochenta en el rock, que seria derribada por Nirvana. Traducción: la electrónica a nivel comercial necesita un cambio de paradigma con urgencia.
Necesitamos una nueva Big Beach Boutique.
El punto es que Calvin me dio un rato disfrutable, pero no lo suficiente para justificar cosas como Tomorrowland. Es hasta probable que nunca pueda entender ese estilo de vida, pero Dios sabe que lo he intentado. Igual ya no importaba, porque el morbo, la emoción, la nostalgia y en parte la admiración me sostendrían a pesar de mi cansancio y el desdén irracional por lo que me rodeaba un rato mas. Claro, era momento de que todos se callaran y El Salmón diera clase.

Olvidémonos de todo. De sus desafortunadas comparaciones de animalistas con yihadistas, de su figura publica arrogante y fastidiosa, de sus peleas con colegas o con sus parejas sentimentales. Cuando Andrés Calamaro se para en el escenario y tantas almas ansían verlo sin importar sus defectos, es lo único que se puede hacer. Olvidarse de las banalidades y disfrutar de la música.
Y vaya que lo hicimos. Un set equilibrado, repasando su trayectoria con la justicia que ameritaba la ocasión, con momentos de su carrera solista (momentos de gloria personal con “Carnaval De Brasil” y “Estadio Azteca”), así como de su etapa con Los Rodriguez, e incluso Los Abuelos De La Nada con la inmortal “Mil Horas”.
Ese era el mensaje implícito con el que se presentaba en Estereo Picnic. Pero no por eso iba a dejar de provocar. Buen aviso nos dio con “Alta Suciedad” (con algún grito apoyando a Manni Pacquiao) y su guitarra con un toro estampado. En medio del show y luego de presentar a su “cuadrilla”, se introdujo a si mismo como “el novillero”, a la par que reivindicaba la lucha de los toreros para que volvieran las corridas a Bogotá.
El publico no respondió con demasiado entusiasmo, en una muestra de madurez digna de aplaudir si se toma en cuenta que no es el tipo de publico que apoya las corridas. No cayeron en la rechifla o en aguar el concierto, suficiente habían tenido con Draco Rosa. Simplemente asumieron una posición, tal y como lo hacia Andres. Ni siquiera se salvó Calvin Harris, pues le tocó una dedicatoria no muy agradable en “Output-Input”.
En ese orden de ideas me parece que Calamaro llegaba a Estereo Picnic bastante prevenido y a la defensiva. No me explico otro motivo para plantear un show cerrando tarima de esa forma. Afortunadamente el argentino se dio cuenta de que los miles que estaban ahí lo hacían por él y su música a pesar de todo. En el peor de los casos, mi morbo estaba satisfecho.
Entre homenajes a The Velvet Underground y Cheo Feliciano, Andres decidió dar un cierre majestuoso a su presentación. Como viene siendo costumbre, “Los Chicos” incluyó el homenaje a sus compañeros, amigos y colegas fallecidos. Entre Gardel, Pappo, Miguel Abuelo, Julian Infante y Spinetta, apareció el ultimo amigo en unirse a la lista: Gustavo Cerati. Y con él, lo más cercano que estuve nunca a un concierto suyo o de Soda Stereo.

Con los aplausos del respetable, terminaba Estereo Picnic para mi. No podía más, había dejado mis últimos restos de energía en ese concierto y mientras escuchaba unos instantes a Deep Dish y me resignaba a perderme la revancha de Los Amigos Invisibles, abandonaba ese hogar temporal para hacer un balance de la edición con mas expectativas de las que llevamos hasta la fecha, y la de más cuestionamientos.
¿Fue una buena edición de Estereo Picnic? Diría que si, pero con muchísimas fallas y obstáculos, Las bandas nacionales hicieron lo posible por justificar su presencia allí, pero no fueron apoyadas ni por el publico ni por su disposición en los escenarios, el tercer escenario fue un cementerio (salvo algunas excepciones notables), y la logística todavía debe mejorar mucho si no quiere que vuelva a ocurrir cosas como las del primer día.
Mientras escribo estas lineas se mezclan muchas sensaciones en mi cabeza. El agotamiento de cinco años yendo continuamente a conciertos, así como las malas experiencias de esta edición, la satisfacción de ver a una banda tan potente como Kasabian siendo recibida como se lo merecía, la indolencia de un público que cada vez compra más la idea de una “experiencia” y menos la de la música, me derrotaron. Decidí que después del concierto de Interpol en unos días y al menos por un tiempo, dejaré de asistir a conciertos.
Luego de retroalimentar apropiadamente la suma de todas esas emociones, me parece que desde el periodismo debemos replantearnos nuestro lugar en todo esto. En como la partida se la está ganando la moda a la música. La tendencia al arte escénico. La pose al verdadero disfrute. Porque me niego a creer que tanta hipocresía junta sea “disfrutar” de un evento como ese. Por supuesto, hay personas que todavía saben a que se va a un concierto, que se lo gozan así no se sepan las canciones o el nombre de los artistas. Pero, o cada vez son menos, o cada vez tengo más mala suerte de coincidir con la gente equivocada.
Alguno me dirá que los que posan pagaron boleta igual que uno. La cosa es que son personas que van por motivaciones diferentes a las mías, pero se quejan por motivacio
nes que no les deberían incumbir, mucho menos si no saben de lo que hablan.
Ese es el conflicto, y esa es la razón por la cual me siento tan desubicado últimamente.
No sólo a mi me pasa eso. Algunos compañeros de batalla coincidimos en que Estéreo Picnic se volvió algo demasiado insufrible. Una persona me hizo un apunte muy acertado en estos días. Decía que era inútil esforzarse los meses anteriores en que los asistentes se informen, se arriesguen a conocer nuevas cosas mediante listas, reseñas o lo que sea, para ver que no son más que borregos sin sangre que van por lo mismo que todos les dicen que deben ver.
Gente que busca divertirse porque la publicidad y no el corazón se los exige. Gente que solo quiere decir que estuvo ahí y sonríe para las fotos, para estar el resto del tiempo haciendo como que admira a un artista o haciendo mala cara por la gente que la rodea y molestando a los otros porque saltan, o son muy altos, o viendo el show desde su cámara. Me desilusiona mucho eso, y aunque no pueda superar los buenos momentos de esta edición, es un punto de quiebre para todos los que venimos trabajando en esto durante los últimos cinco años.

¿Nos veremos en el 2016? Lo dudo, pero no lo descarto del todo. Solo puedo agradecer a quienes me acompañaron en esos tres días. Si todavía pudo ser “un mundo distinto”, fue por ellos y no por otra cosa.

Una acotación final: en la fila escuché algunas personas diciendo que el Festival cerró con perdidas este año debido a que no lograron llegar a la tercera etapa de ventas. ¿Alguno sabe que tan cierta es esa información?

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