Pills ‘N’ Thrills: Anti-crónica de las gafas del rock n roll

Esto no es una crónica. No habrá crónica. No se necesita escribir una crónica o hacer un balance sobre esto. Las cosas que tenían que probarme, ya las habían probado antes. Podría decir que la logística en la entrada estuvo terrible, que Ela Minus y Movement eran más humo (literal, no descalificativo) que otra cosa, que hubo algún imbécil desadaptado tirando basura al escenario y una pareja muy fastidiosa que trataba de quitarnos el puesto en la baranda mientras tocaba Foals, o que la cantidad de bellezas entre el público no tenía comparación con nada que hubiéramos visto antes.
Podría decir que “Snake Oil” fue una entrada impecable, que “Olympic Airways” me sigue recordando mis tardes jugando FIFA, podría hablar del ‘indie blues’ que supo ser “Late Night”, de la ‘indie power balada’ (!) que es “Spanish Sahara”, podría decir que “Providence”, “Inhaler” o “Hummer” sonaron con una autoridad insultante, que Yannis Philipakis aprendió de Red Hot Chili Peppers la virtud de la locura y lo demostró surfeando en el publico dos veces, que Jack Bevan es el mejor baterista con vida en el planeta, que el público estuvo a la altura de lo que exigía la noche… Pero no, eso sería escribir una crónica. Y no se necesita.
Pero algo hay que decir sobre esa noche. Y esa noche debo decir que no se queda tan lejos de lo que Kasabian, New Order o Interpol me han transmitido antes. Solo necesité estar rodeado de gente adicta a Peter Capusotto, dos cervezas, una Coca Cola helada y “Two Steps Twice” para que ocurriera lo que ocurrió.
Poco a poco el ritmo se hace más intenso, me alisto para saltar como pide el libreto en el gran final, Bevan suelta los golpes de gracia en los tarros y se arma un pogo en el segundo piso del palco entre 6 o 7 personas. Un empujón tumba mis gafas, pero estaba tan fuera de mi mismo que seguí saltando y gritando “That’s one step, one step, two step, that’s two steps, two steps, speed bikes” como si nada (o todo) estuviera pasando. Varios casi caemos del palco hacia el primer piso.
Cuando el ritmo empieza a decaer, me agacho cansado por ese esfuerzo mientras tanteo en el piso buscando mis gafas. Cuando las encuentro, están rotas. Los lentes ilesos, pero el marco inservible. Eran un buen trofeo de guerra para demostrarme la recompensa que daba ir a todo o nada en un concierto. Para demostrarme lo peligrosa que puede ser esa banda cuando se lo propone. Para dejarme claro que hoy no hay una banda girando por el mundo como Foals en términos de energía y locura.
Pero todo eso ya lo sabía. Otros lo supieron hasta esa noche, pero yo ya sabía eso. La anécdota ocurrió al día siguiente cuando fui a comprar un marco nuevo para mis lentes. Me dijeron que el marco destrozado la noche anterior tenía arreglo. Fui a otro lugar y una hora después con mi imagen de Elvis Costello trasnochado a cuestas encontré necesario parafrasear eso que le gritábamos con mis amigos al “proletariado” desde el palco. Por supuesto, con un par de cambios:
“Putos, putos, eso no es rock. Mis gafas son rock, sobrevivieron a un pogo, son las gafas del rock n roll na nana”.
¿Y hay quienes me preguntan por qué prefiero ese tipo de cosas a un DJ Set con las “canciones del verano”? Pfff…

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