Estereo Picnic 2016, la historia. Parte IV: Ya no hay reversa


Había incluso más publico que el primer día.

El clima para el segundo día de Estereo Picnic fue un desafío todavía mayor a la armonía que parecía reinar en el comportamiento del público comparado con el primer día. Una lluvia bastante fuerte acompañada de granizo retrasó durante varios minutos las presentaciones en los escenarios. Pero el efecto más grave fue que produjo un colapso vehicular considerable en la Autopista Norte durante toda esa tarde y parte de la noche. 


Por ese motivo muchas personas llegaron tarde a las presentaciones pesadas de esa noche. Hubo personas que incluso se perdieron la presentación de Alabama Shakes por esa situación. La ansiedad de ser el “día de Noel” fue la que me salvó de correr con la misma suerte, pues llegue a eso de la 1 o 2 de la tarde al lugar. El clima también motivo que los escenario Huawei y Pepsi empezaran con varios minutos de retraso. Sin embargo, con el paso de las horas lograron ponerse al día con la programación estipulada.

Durante ese segundo día solo vi a pedazos las presentaciones de algunos artistas nacionales. Vi el arranque de Revolver Plateado en el Escenario Huawei, luego de escapar cono pude del granizo. Presentación tan imponente como cabía esperar de ellos, con un acople firme, algunos vientos para acompañar y una sensación tan íntima como directa cuando las guitarras decían presente. Promete variedad y nuevos elementos su próximo trabajo, La Luz De San Telmo.

Luego de algunas canciones decidí irme y dirigir mis pasos hacia el Escenario Pepsi para ver quien o qué era Ismael Ayende. La verdad quedé muy sorprendido, porque mostró una particular interpretación del surf rock pensado desde la música y los ritmos andinos. Era atmosférico por momentos, pero también con bastante dinamismo. También me quedé unos minutos para luego ir hacia el Escenario Tigo y revisar si el horario para esa tarima también se corrió por la lluvia o no. Mientras iba hacia allá, me comprometí a explorar más el trabajo de Ayende, porque parece que me topé con algo grande ahí.
La encargada de abrir sin retrasos el Escenario Tigo fue Ximena Sariñana. Nunca la he encontrado muy interesante ni ha conseguido llamar mi atención lo suficiente como para explorar a profundidad su trayectoria, pero en vivo es otra cosa. Se desenvuelve bien como frontwoman, tiene una banda acompañante versátil, aportando siempre solidez en los instrumentos. Todo eso con un repertorio que podía ir entre las guitarras y lo sintético, dando vida a una perspectiva refrescante del pop latino como la que ofrece la mexicana. Al igual que con Ismael Ayende, supo darme motivos para explorar más a fondo su trayectoria solo con ver su directo.

Debido a que encontré un puesto particularmente favorable para ver a Noel Gallagher, decidí no moverme del Escenario Tigo para ver a Walk The Moon. Una lastima, porque a todos los que les he preguntado por ellos dicen que estuvieron arrolladores. Poco antes de las 7 de la noche le llegó el turno a Oh’LaVille, quienes en su segunda aparición en el cartel de Estereo Picnic (la primera fue en el 2014) llegaban presentando su más reciente trabajo, Anaranjado.

Sin disgustarme su show ni sus canciones, me la pasé encontrándole más similitudes con temas de Soda Stereo o Spinetta que admirando sus propias habilidades. De hecho eso fue motivo de juego entre el publico que me rodeaba, como en plan “adivine la canción”. Más allá de eso, el problema real fue que tuvieron problemas con el sonido, sobre todo al principio de su presentación. Eso los perjudicó un poco al tratar de conectar con el publico. Eso si, calentaron el ambiente lo suficiente para lo que se venia, que no era poco.

Para cuando terminaba Oh’LaVille ya Walk The Moon hacia de las suyas en el Huawei, mientras que en el Pepsi estaba por empezar Francisca Valenzuela, otra que me dolió perderme ese día. Ya no había reversa. Semanas antes hice la tarea de calcular o predecir los movimientos y la afluencia del publico durante los tres días de Festival, y sabia que la media hora que separaba Oh’LaVille de Alabama Shakes era el punto critico. Si dejaba mi posición en ese punto era prácticamente imposible volver a quedar igual de bien ubicado, pues todos querían ver a la única banda con un Grammy merecido en la ultima entrega de los premios dando clase. Y no los culpo.

Fue sublime. Cumplió con todas las expectativas de la gente y con las mías propias. Eso solo con la primera canción de la noche “Future People”, que marcó la pauta a seguir durante su hora de presentación. Ni la lluvia hizo que los miles de parroquianos congregados en el Tigo coreáramos a muerte sus canciones. Principalmente me goce las de Sound & Color, el disco que me hizo entender de que se trataba realmente Alabama Shakes. Por eso “Gimme All Your Love”, “The Greatest” y como no, “Don’t Wanna Fight” me supieron a gloria, una tras otra.

Nos entregamos a muerte a una banda que representa todo lo que uno le encuentra bonito a la música. El sentimiento, la melodía, la lírica, el hecho de mostrarse frente al publico como gente que está ahí abriendo su corazón para ellos. Un entendimiento tan profundo entre banda y audiencia que fue inevitable para Brittany Howard soltar algunas lagrimas mientras le sacaba hasta la ultima gota de pasión a “Hold On”.

“Esa es una banda a la que puedo seguir”, pensaba mientras sonaba esa canción. Howard se me reveló esa noche como un paradigma muy interesante en tiempos donde las vocalistas femeninas siguen un estándar totalmente diferente. Es decir, o se e
s pop al estilo de Taylor Swift, o se exagera el dramatismo a lo Adele. Con Brittany es otra cosa. Como si Nina Simone viviera en ella sin todos los excesos. Es una forma más terrenal de impactar a la gente, más despojada, pero a la vez buscando elevarnos a un lugar completamente nuevo. Sacaba a flote nuestras preocupaciones y miedos con su voz mientras la lluvia se encargaba de limpiar nuestra conciencia.

Era la primera de las tres formas en que la lluvia se mezclaría con la música esa noche, ofreciéndonos tres maneras distintas de asumirla. No fue algo planeado por los artistas, evidentemente, pero sumó bastante y sin querer a las impresiones que tuvimos de sus shows.

Concluida la presentación de Alabama Shakes (de quienes por cierto me hubiese gustado escuchar “Gemini”), una buena parte del publico movía sus pasos para ver a Jungle en el Huawei, mientras de a poco se volvía a llenar el aforo en el Tigo con la gente que seguía llegando luego de soportar horas de trancon por la Autopista Norte. De mis dos acompañantes del día anterior, uno alcanzó a llegar para las tres ultimas canciones de Alabama, mientras que el otro apenas lograría llegar a tiempo para esperar el que fue, por lejos, el mejor acto del Festival Estereo Picnic 2016.

Habiéndome quitado ya un poco la pasión de encima, puedo decir que quedé deslumbrado con el show de Noel. Más allá de que deseara verlo y aunque con frecuencia miro los vídeos de sus conciertos (por no decir todos los días), siempre es diferente vivir eso en vivo. Es envidiable saber que existe alguien que puede quedarse quieto mientras empuña su guitarra, la toca y canta, sin tener que hacer movimientos exagerados o empeñarse en pedir la participación del publico. Solo es él cantando y el publico uniéndose a la causa.
Por eso considero que el éxito de Noel (y a la larga el de Oasis) estuvo en su economía de recursos. Sabe que el publico quiere participar y no se los impide. Es una relación natural, si ambos saben lo que va a ocurrir, simplemente deja que ocurra. No tiene que estar arengando al publico para eso, las canciones hacen todo el trabajo. En otros artistas eso seria síntoma de distanciamiento o falta de comunicación. Entonces, ¿qué hace distinto a Gallagher de esos otros? Fácil. Que los otros no escribieron “If I Had A Gun” o “Don’t Look Back In Anger”.

Los músicos acompañantes son profesionales hasta las ultimas consecuencias. Evidentemente admiran a su jefe y lo dan todo de si mismos para que el show salga bien. Las visuales sin ser gran cosa son decentes, no opacan al Chief y a la vez complementan visualmente a los High Flying Birds.

Por supuesto, soy consciente de que muchos iban solo por las canciones de Oasis y tal vez algún sencillo de los dos trabajos que lleva como solista. Pero estoy seguro que muchos quedaron sorprendidos con la versatilidad que mostró esa banda en vivo, conocieran o no todas las canciones. Tan solo en el arranque pasamos en cuestión de minutos de la épica de “Everybody’s On The Run” al britpop directo que tanto nos gusta de “Lock All The Doors” e “In The Heat Of The Moment” a esa pieza más densa y medio psicodelica que es “Riverman”. Sin haber tocado una sola canción de Oasis, dejó claro esa noche de qué estaba hecho.

Con las canciones de Oasis tiene todavía más merito, porque con versiones renovadas consiguió el mismo efecto de conmover y fascinar a miles. “Champagne Supernova” con más presencia del piano no le envidiaba nada a los Primal Scream de Screamadelica, “Digsy’s Dinner” sonaba más glam rock que en la versión de Definitely Maybe, y “Wonderwall” en modo Ryan Adams parece acomodarse mejor a la voz de Noel que si la cantara de la manera clásica.

Y ahí está la segunda forma de encarar la lluvia. Pura y física redención, previa a la batalla. Como estimulando a hacer lo que sea que uno quiera hacer. Una chica de Argentina que lo vio hace unos días en sus presentaciones en ese país describía esa sensación como “adrenalina divina”. Aunque eché en falta varias canciones (varias del primer álbum solista y “The Masterplan” entre las de Oasis) no podría sentirme más satisfecho. Polarizando gente y todo, estuvo a la altura.

Cuando Noel terminó, abandoné el Tigo por unos minutos para encontrarme con mis compañeros de batalla. Me contaban las complicaciones de su llegada y lo mucho que Noel hizo valer la pena todo eso. Comimos algo y consideramos que podíamos ver con algo más de distancia y calma a Florence And The Machine, luego de la agitación de la hora previa.

A diferencia del asunto Kasabian-Kings Of Leon del año pasado donde por ver a los primeros despedazar la lógica del festival entero sentí opacos a los segundos, Florence And The Machine si despertó mi interés cuando se subió a la tarima a pesar de competir en mi mente (no necesariamente en la de los otros miles) con Noel. Por algo era la (a mi juicio) única headliner creíble de este año, y no defraudó.

Impecable presentación, cargada de histrionismo en sus movimientos, unos buenos músicos atrás y una voz arrolladora en cada canción. Fuese en ese ambiente neoclasico de la apertura con “What The Water Gave Me”, liberándose del todo con “Ship To Wreck”, reinventando magistralmente “Sweet Nothing” a su estilo o haciendo suyo al publico en “Dog Days Are Over” o “What Kind Of Man”, Welch era como el faro que debíamos seguir en la oscuridad mientras el agua seguía cayendo. Eso si, cada vez menos. Como si ni siquiera las nubes pudieran compararse esa noche con la energía de la británica.


Su show parecía pensado como la puesta en escena de una opera pop.
Esa escenografía que emulaba la textura de una bola luminosa de discoteca setentera, unos músicos perfectamente dispuestos en el escenario, y Florence cantando sobre amor, deseo, decepción, traición, victoria y derrota durante hora y media. Si había detractores entre la audiencia, lo más probable es que los obligara a reformular posturas.

Probablemente fue el clima el que impidió verla aun más desenvuelta (puede serlo más, en serio), pero quedé con ganas de ver a la Florence que nos dejó a todos boquiabiertos el año pasado en Coachella. En vez de eso su interacción con el publico tenía a ratos esa cosa de “amor y paz” que no iba para nada conmigo. Es decir, ¡acababa de ver a Noel Gallagher! Esa es mi única queja (mínima, en cualquier caso) de su presentación. Por lo demás impecable.

Salimos del Tigo para descansar un poco y reunirnos con el staff de Escena Indie. Mientras descansábamos en el pasto veíamos de lejos a Jamie Jones en el Escenario Pepsi pinchando un house sobrio, algo oscuro, pero siempre irresistible. Lo increíble es que convocó tanta audiencia que el escenario se le quedó pequeño, aun teniendo a Zedd en el Huawei poniendo “One More Time” de Daft Punk sin cambios o un esfuerzo significativo de hacer al menos un remix en vez de pinchar sus propios temas. Era lo esperable, supongo.

De esa forma terminaba el segundo día, nuevamente reafirmando (y a pesar de los problemas de mucha gente para llegar a buena hora) que estábamos haciendo historia. Porque algo si saltó a la vista mientras salíamos del lugar, y es que había incluso más publico que el primer día. La siguiente pregunta fue inevitable ¿Entonces cuanta gente planea ver a Snoop Dogg y Jack Ü mañana?
Síntesis: Buen desempeño general de las bandas nacionales que pude ver y algún descubrimiento interesante, obligado a reformular con Ximena Sariñana, un ejercicio soul en la lluvia con Alabama Shakes, sabemos que Oasis no volverá pero Noel si lo hará, magistral Florence, Jamie Jones se lleva la primera batalla de los DJs contra Zedd; y tristeza justificada por perderme a Walk The Moon, Francisca Valenzuela y Jungle.

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