Estereo Picnic 2016, la historia. Parte V: Love

No fue un último día tan perdido después de todo.

Una de las tantas cosas que se volvió costumbre para mi en cinco años que llevo asistiendo a Estereo Picnic es que el tercer día de presentaciones siempre resulta como una especie de perdida para mi, debido a que por lo general es el día donde las fusiones, el reggae y los DJs quedan por encima de las guitarras. Por supuesto, me gocé en su momento a Los Fabulosos Cadillacs, Gogol Bordello, The Wailers, Calvin Harris y Andres Calamaro. Pero por lo alejado que resulta de mis verdaderas motivaciones para ir al Festival, suelo sentirme ajeno al ambiente en ese ultimo día.
Por como me desperté ese ultimo día (molido de brazos, piernas y garganta) parecía que se iba a repetir la historia. Me motivaba ver casi que exclusivamente a The Flaming Lips para comprobar el legendario nivel de su locura en carne propia. Tal vez un poco a Alvvays por insistencia de una amiga (de hecho, la misma “loca” del concierto de Tame Impala) y si había tiempo, MNKYBSNSS. Pero ya tenia decidido que esta vez no pensaba irme de largo con Snoop Dogg y Jack Ü. Estaba agotado y para ser justos, no quería arruinar la buena imagen que me estaba dejando esta edición.
Llegué un poco más tarde de lo esperado, después de las 5 de la tarde. Me dispuse a ver por unos minutos a Goli, el proyecto paralelo de Sara Rodas, vocalista de Mr Bleat. En las pocas canciones que había escuchado antes de verlos en vivo no me convencían mucho. No logré dar con el chiste de ese proyecto hasta que los vi esa tarde. Más orgánicos, con cierta facilidad para aprovechar ese rango vocal bien dulce y añadir la instrumentación a su alrededor, lograron sembrar la posibilidad de re-pensar mis impresiones sobre ellos.
Me hubiese gustado quedarme más tiempo viendo a Goli, pero tuve que encontrarme con mi gente en el Escenario Huawei, donde estaba tocando Onda Vaga. Ya tenia algunas referencias de ellos porque los incluyeron el año pasado en el cartel del Festival Hermoso Ruido, pero realmente nunca llamaron mi atención. Ni en ese entonces ni en Estereo Picnic. No son malos, pero no son para nada mi estilo, cosa que no les impidió tener un publico considerable. Nunca me sentí realmente cómodo con ellos, y la verdad creo que hubiese preferido quedarme un rato más viendo a Goli.
Luego de un rato salimos de Huawei y quemamos algo de tiempo por ahí mientras llegaba la hora de ver a Los PetitFellas en el Escenario Tigo. Nos pusimos a hablar sobre lo que había sido el Festival hasta ese momento y de nuestras próximas movidas, que incluyen el viaje de un amigo a Coachella en unas semanas y la mira puesta en un eventual viaje a Lollapalooza Chile el próximo año, en mi caso. 
En ese momento miraba a mi alrededor y me llamaban la atención dos cosas: una, el crecimiento sostenido del Festival en los últimos cinco años para pasar de tener un evento totalmente outsider y sin importancia aparte de la que le dábamos unos pocos, a tener el evento musical más importante a nivel nacional. Era abrumadora la cantidad de gente que había. Sin duda era la mayor asistencia de los tres días. Dos, que por primera vez en los tres días de Festival lográbamos ver el sol, así fuera marcando el atardecer. Con esas primeras conclusiones en mente nos dirigíamos a ver la siguiente agrupación.
Presentación impactante la de Los PetitFellas. Con mucha distancia el mejor acto nacional que tuve la oportunidad de ver en esta edición de Estereo Picnic. Para ser sincero no llamaban mucho mi atención antes de esa noche, aunque si sentía curiosidad. Sabia que tenían su reputación, pero realmente no me tomé el trabajo de escucharlos. En una hora de presentación dejaron constancia de su habilidad para transmitir el sentimiento de cualquier colombiano que hoy en sus veinte deba encarar la vida y enfrentarse al mundo, con todo lo que eso conlleva.
Decía en la entrega del primer día de Festival que los que asistíamos al evento cada año no somos el tipo de gente a la que le pasan cosas muy sorprendentes o sobrenaturales fuera de ese lugar. Lo decía por The Kitsch en ese momento, pero en un marco general me refería principalmente a los Fellas, puesto que una canción tras otra parecían hablarle a los miles y miles que estábamos allí, observándolos. Incluyendo tras bambalinas a un tipo abrigado con una chaqueta verde y pelos alborotados del cual vine a darme cuenta unos minutos después que era el mismísimo Wayne Coyne.

Nicolai Fella tiene un magnetismo envidiable como frontman. Seguro, entregado a su gente y aprovechando el marco para emular lo hecho por Miami Horror hace unos años, subiendo varios metros por los tubos que soportaban el escenario en una muestra de compromiso con el espectáculo digna de aplaudir.
La sensación que me queda es que, por prejuicioso que suene, son demasiado buenos para ser considerados parte del mundo hip hop. No es que no hagan parte de él, pero van mucho más allá de una etiqueta de esas. Su directo y un trabajo tan certero como Historias Mínimas lo demuestran sin ningún pudor.
Tuvieron grandes momentos durante toda la noche, incluyendo temas como “Simpática Fiesta”, “Diccionario”, “Rock & Love” o “Manual De Instrucciones Para Conducir De Noche”. Pero de todo eso me quedo con un comentario de Nico entre canciones donde decía “yo también dejé el fútbol, las mujeres y el alcohol por un tiempo. Fueron los peores ocho segundos de mi vida”. Fue un ingenioso parafraseo a una frase que se le adjudica al ídolo histórico del Manchester United, George Best. Quien tenga el ingenio para citar a George Best en un concierto tendrá por siempre mi r
espeto.
Ya había terminado el show de los Fellas, pero hacia rato que había empezado el show de los Flaming Lips. No de forma oficial claro, pero con el solo hecho de ver a Coyne merodeando por el lugar como si no pudiese soportar las ganas de salir, todo el ambiente parecía haberse alterado. Mientras se preparaba la escenografía de la agrupación de Oklahoma, el vocalista aparecía de vez en cuando para dar indicaciones a los ingenieros de sonido o a la logística, o bien para tirar flores a la audiencia. Poco a poco se iba apoderando hasta de aquellos que en realidad esperaban a Snoop Dogg y Jack Ü.
Debo admitir que por esa insistencia de Wayne Coyne con apoyar a Miley Cyrus tuve mis reservas con The Flaming Lips desde que los anunciaron en el cartel, a pesar de que sabía que podían dar un show demoledor y hasta extrasensorial por todas las cosas que le suman a la música (muñecos y pelotas gigantes, proyecciones en vídeo fumadisimas, disfraces, juegos de luces, y la bola humana de Coyne). Pues bien, esa noche y por fortuna para todos, no se fueron con rodeos y nos dieron una presentación a la altura de lo que cabía esperar en una edición tan memorable del Picnic como esta.
Fue una demostración de excentricidad abrumadora en el escenario. Desde ver a Coyne cantando en hombros de una especie de Chewbacca hasta verlo tirar confeti a un títere inflable de Santa Claus, pasando por la “burbuja humana” que por cosas de la vida pude tocar con mis manos; nos llevó a todos por el torbellino psicotropico más delirante que haya visto la raza humana. Si eso lo puedo decir yo que no estaba realmente bajo el efecto de algún alucinógeno, ¿se imaginan que podrían decir los que si estaban dándole duro a la “mota”?
En términos estrictamente musicales es una banda increíblemente poderosa. No nos deben distraer las locuras de Coyne de ese hecho. Aunque ninguno destaca en particular como un virtuoso, son gente al servicio de hacer head music al estilo de Grateful Dead. Canciones pensadas para ayudar en el viaje con alucinogenos, ya sea que quieran generar sensaciones armoniosas o completamente desquiciadas. 
The Flaming Lips son tipos que hace rato sobrepasaron la linea del bien y el mal. No me había dado cuenta, pero sus shows son como si nos metiéramos en la cabeza de un niño (Coyne) y se pudiera ver lo que sueña mientras duerme. Sus miedos, su lucha frente a ellos, y su victoria final representada en el cierre con “A Spoonful Weights A Ton”, donde la pantalla mostraba repetidamente la palabra LOVE. En ese momento pensaba que quien hubiese perdido la oportunidad de verlos, bien podía sentirse como el pendejo más grande del universo.

“Ni 100 Tame Impalas pueden superar eso” decía mi acompañante. Y claro, ¿como se podía pretender siquiera igualar ese nivel de locura?

Con algo de dificultad por quienes ya tenían su feudo asegurado para ver al Doggfather y no querían moverse, nos abrimos paso hacia el Escenario Pepsi para ver a Alvvays, grupo que me insistieron bastante varios de mis conocidos para que viera este año. De manera consciente decidí no escuchar nada de ellos antes de ese show. De vez en cuando me gusta ir a un concierto y sorprenderme. Es una de las posibilidades que permite un festival, y siempre que se pueda me prometí aprovechar eso al máximo. Cuando llegamos, ya estaban sobre el escenario.

Fue una autentica revelación. Estaba plenamente justificada la insistencia de todos (incluyendo a la “no loca” de Tame Impala) con esa banda. Melodía, fuerza, presencia, una habilidad envidiable para conquistar público (el Escenario Pepsi estaba a reventar) y un futuro que parece brillante. Se decidieran por canciones rápidas o lentas, siempre se les sentía cómodos a los canadienses (creo que son el primer grupo canadiense que veo en directo).

Rápidamente quedé encantado con la voz de Molly Rankin así como del buen trabajo de ella y Alec O’Hanley en las guitarras. Se complementaban a la perfección y contribuían a producir un sonido que si bien tenia deuda con las bandas jangle pop del movimiento C86 como The Pastels o  The Wedding Present, en definitiva era un poquito más complejo gracias al trabajo de la teclista Kerri McLellan.

Siento apresurado hablar de ellos como the next big thing, pero son prometedores. Durante los últimos días vengo escuchando juiciosamente su debut homónimo del 2014 y es maravilloso. Para mi vienen a ser como unos nuevos The Raveonettes, más inocentes y menos escabrosos que los daneses.

Ah, y no esta de más decirlo: “Archie Marry Me” es un temazo en toda la regla.

Lamentablemente por ver a Alvvays no pude ver a MNKYBSNSS (de nuevo). Pero no me arrepiento. La verdad creo que ese fue el mejor final posible a mi aventura de cuatro días trasnochando, corriendo de un escenario a otro, soportando el frío y la lluvia, conviviendo con gente que se toma la música con la misma importancia (o tal vez más) de lo que yo lo hago. La suma de todo eso fue la dichosa “experiencia” que nunca he comprado de Estereo Picnic. Sin buscarla realmente, la obtuve.

Digo que fue un buen final porque ya las piernas y la cabeza no me daban más. El resto del grupo (incluyendo a la gente de Escena Indie) si estaban dispuestos a seguir hasta la madrugada, así que partimos caminos. Fui a buscar algo de comer y luego fui de chismoso a ver unos minutos de Snoop Dogg. En solo 5 canciones me hizo reconocer que si se trata de “presencia y plata”, nadie en Estereo Picnic pudo ganarle en ese apartado. ¿Convocatoria? Ni a palo bajaba eso de las 40.000 personas. Hubo más gente para verlo a él que para ver a Andres Calamaro el año pasado, sin duda. No sé si Jack U pudo superar esa cantidad de gente reunida en un solo lugar, per
o realmente ver tanta gente congregada en ese momento fue abrumador.

Mientras miraba a lo lejos a Dogg haciendo lo suyo, las sensaciones que tuve desde la noche de inauguración viendo a Eagles Of Death Metal finalmente se confirmaban: este año asistimos al Estereo Picnic por excelencia. Sin ser el de los nombres más fuertes ni el que más llamaba la atención desde el cartel, fue un éxito rotundo. Ni siquiera rivalizar con el concierto de los Stones o teniendo que lidiar con la lluvia impidió tener esa cantidad de gente tan abrumadora conviviendo sin mayores inconvenientes durante los tres días. Por supuesto, aun hay cosas por mejorar, como el tema del ingreso que todavía debe mejorarse bastante o la inseguridad que acusan muchas personas debido a la presencia de ladrones en el evento. Pero en la suma de las partes, el balances es sumamente positivo.

Es una sensación que no se compara en lo absoluto con la del año pasado, donde a pesar de ver el shock que fue Kasabian me sentía hastiado de los conciertos y de la gente. Esta vez no es el caso. Me sentí feliz de ver muchas bandas, de las mejores del momento, en un gran momento de sus carreras. Un momento que estoy seguro que en unos años muchos no podrán vivir y recurrirán a la misma nostalgia que los llevó a ver a los Stones tratando de revivir ese momento perdido.

Paradojicamente este año me prometí una cosa: es el ultimo Picnic al que voy pagando mi entrada. Al menos por un tiempo. Ya vi todo lo que realmente me moría por ver (y varios más) en vivo gracias a ellos. Vi a Noel Gallagher y a Kasabian regalándome los momentos más grandes que voy a vivir en un concierto, así que realmente no tengo motivos para volver como espectador. Si vuelvo a ir el otro año, será por otra vía. Una acreditación, por ejemplo…

Síntesis: Goli obliga a reformular, Onda Vaga no. Arrolladores Los PetitFellas, el colmo de la locura con The Flaming Lips, interesantes los Alvvays, y una nube de parroquianos en Un Mundo Distinto al ritmo de Snoop Dogg.

No fue un último día tan perdido después de todo.

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