Reseña: Radiohead – A Moon Shaped Pool

En general todos hablamos más del disco que de la publicidad que lo rodeó.


Radiohead no necesita presentación, así que iremos al grano.

Las reseñas que vienen saliendo en la ultima semana de ‘A Moon Shaped Pool’ tuvieron que afrontar un reto muy importante: no dejarse llevar por la campaña de expectativa previa al lanzamiento del disco. Es algo muy complicado, porque como pasara en meses y años anteriores con Daft Punk, Arcade Fire, Kanye West, Rihanna o Beyoncé, es el tipo de maniobra que justifica al disco no por su contenido sino por las estrategias publicitarias que se lleven a cabo. El resultado final es lo de menos hoy en día.
No leí reseñas de otros sobre el noveno trabajo de Radiohead, tal vez queriendo evadir esa expectativa (aunque no fui ajeno a la emoción de todos cuando Radiónica emitió el disco entero unas horas despues de su lanzamiento). Ocurre que para mi lo importante siempre será la música, por encima de todo. ¿De qué sirve hacer ese tipo de jugadas espectaculares si al final el sustento no está a la altura? En un mundo tan tendencioso, es casi una rebelión darle importancia a la canción en si misma, a calificar bajo ciertos criterios muy subjetivos si es “buena” o “mala”. 
La expectativa del quinteto de Oxford la seguí con cierto escepticismo luego de un ‘The King Of Limbs’ que por primera vez confundió a la banda más que a los fans que intentaba confundir. Pensaba que si el resultado final iba a ser algo como ese álbum, entonces no quería saber nada de expectativas infundadas. Luego escuché “Burn The Witch”, el primer adelanto y uno que ofreció reacciones divididas (alguno llegó al extremo de decir que era algo que habría compuesto Coldplay). Pero desde la primera escucha me encantó. Sin necesidad de guitarras o de exagerar con los sintetizadores y en cambio poniendo adelante las cuerdas orquestadas por Jonny Greenwood consiguieron darle vida a un clásico viviente en su repertorio.
No soy muy adepto al análisis de las letras, pero hay un motivo por el que esa canción remite a la Edad Media con eso de las “cruces rojas en las puertas de madera” y el “abandono de la razón”: Thom Yorke advierte un giro ideológico generalizado hacia ese tipo de practicas en personajes como Donald Trump o ISIS. A estas alturas no creo que se le deba considerar como un vocero generacional (para mi dejó de serlo después de In Rainbows), pero es de respeto que sea uno de los pocos que aborde con esa genuina determinación la situación de paranoia y polarización que afronta el planeta, sin caer en trampas comunes en ese tipo de casos como lo “políticamente correcto” o el “tomar partido” por uno de los dos bandos.

“Burn The Witch” abre el álbum y le sigue “Daydreaming”, que con el paso de los minutos pasa de ser una tonada de piano a lo Philip Glass a un muro de sintetizadores distorsionados que le confieren una belleza de la que no vine a caer en cuenta cuando la escuché por primera vez. En realidad la siento como una jugada típica de estos Radiohead del nuevo milenio, pero en el disco funciona muchísimo mejor. Soñadora en su instrumentación, pero irónicamente anti-soñadora en su letra. 
“Decks Dark” es pura oscuridad, pura desesperanza, pura decepción. Muy propia de los tiempos de Kid A, es lo que resultaría de cruzar “The Great Gig In The Sky” y “Us And Them” de Pink Floyd, grabar en digital y romper a martillazos el resultado para juntar los pedazos poco a poco. Momentos gospel, la consola de grabación como un instrumento más y una visión del mundo aun más critica y fragmentada que la del grupo de Cambridge. Oxford siempre ganará (?).
Luego de una especie de country llamado “Desert Island Disk” notablemente más luminosa que las canciones previas, pasamos a “Ful Stop”, una favorita personal y una que me ha sabido mover como pocas de Radiohead. Vuelve a la oscuridad tipo Kid A protagonizada por una especie de metrónomo que suena como un latido y de a pocos va haciéndose más intenso y caótico. La batería de Phil Selway adquiere protagonismo con el paso de los minutos mientras los lamentos de Yorke se cruzan con las guitarras en apariencia sencillas de Greenwood y Ed O’Brien.
Turno de “Glass Eyes”, una especie de película contada en blanco y negro donde se expresan como nunca las orquestaciones de Greenwood. No es experimental ni mucho menos. De hecho puede ser lo más accesible que les haya escuchado desde OK Computer. Eso es mucho decir. Le sigue “Identikit” que es todo lo contrario: una especie de jazz rígido y sintético donde Yorke no parece seguir los tempos de la forma correcta, como buscando una confrontracion directa entre los instrumentos y su voz. Como declarándose mutuamente la guerra.
A “The Numbers” más allá de esa elegancia adulta en su instrumentación al mejor estilo de The Beatles en Let It Be (se siente como si la hubiese producido Phil Spector en vez de Nigel Godrich) la destaco por la letra. Nuevamente una confrontación a la sociedad actual, ahora centrada en esa imposición exagerada de lo cuantitativo sobre lo cualitativo. Puede interpretarse en el uso que se hacen de los indicadores económicos o cifras de mortalidad para polarizar posiciones o hacer jugadas políticas, pero también puede leerse en el hecho de que los analytics de internet se rigen más por el movimiento de una publicación (cualquiera que sea) que por su condición de “bueno” o “malo”. Es como si en cierta forma la expectativa se burlara de aquellos que han seguido su ejemplo sin justificarlo en su contenido. Ingenua e inocente a su manera, pero no exenta de fuerza en su letra.
Vamos llegando al final y nos encontramos en un punto de transición con la acústica “Present Tense” y una especie de “canción Bond” titulada “Tinker Tailor Soldier Sailor Rich Man Poor Man Beggar Man Thief” para abrir paso al mejor cierre posible de un A Moon Shaped Pool que se basó en retomar material descartado de discos anteriores. Hablo de una vieja conocida: “True Love Waits”.

Lo que pasa con esa canción (y para el fan a muerte de Radiohead, con la gran mayoría de los temas del disco) es que se debe escuchar siempre con otros oídos. Estamos frente a una banda que tomó esa costumbre de bandas como Wire de tocar canciones ineditas en sus presentaciones e ir refinando sus componentes con el paso del tiempo hasta encontrar esa alquimia que las hace especiales, o en su defecto dejarlas como versiones en vivo. Radiohead llevó esa practica al extremo, siendo que la primera versión de “True Love Waits” data de 1995, y su primera aparición en disco fue en el EP en directo ‘I Might Be Wrong: Live Recordings’ durante los años de Kid A y Amnesiac.
La versión final es conmovedora. Tiene un piano más romántico y algunos detalles de electrónica sutiles, casi fantasmagóricos. La cuestión no es si gusta más la versión del I Might Be Wrong o la de A Moon Shaped Pool, sino darnos cuenta que Radiohead tiene un motivo para incluir determinadas canciones en un disco. Si no apareció antes o después con un enfoque o un sonido diferente, ellos sabrán el motivo. Eso explicaría en parte el tiempo que se toman entre disco y disco, casi como dando a entender que hay una ciencia o una magia detrás de sus canciones. Y hasta puede ser cierto.
De un tiempo para acá a Radiohead se le debe ver como tres entidades separadas: una centrada en la campaña de publicidad o la forma de lanzamiento de sus discos, otra que graba música en sus discos, y otra que ejecuta música en vivo. Como todavía no arranca su gira mundial aun tendremos que esperar un poco para hablar de su directo (que no creo vaya a decaer), y aunque no fui ajeno a sus movidas publicitarias, es en lo que menos pienso luego de escuchar un montón de veces durante la ultima semana A Moon Shaped Pool. ¿Por qué? Porque en general todos hablamos más del disco que de la publicidad que lo rodeó.
Escuchamos maravillados a una banda que finalmente hace realidad los rumores que venían alimentando de hacer un “álbum orquestal”. Siendo un poco más accesible y melódico que su antecesor (pero no por eso más “fácil”) enganchó desde la primera escucha. Escuchamos guitarras ejecutándose siempre de formas distintas, tempos caprichosos, ruidos electrónicos, secciones de vientos, letras no de protesta pero que cuestionan nuestro mundo, mientras que a ratos buscan la esperanza (y la dejan en incertidumbre con “True Love Waits”). 
No creo que le de para ser el mejor álbum del 2016 (como parece darlo mucha gente por sentado al tratarse de Radiohead), pero no cabe duda de que estamos ante un trabajo solido, autentico, que juega con sus propias reglas y no teme hablarnos directamente sobre nuestra realidad. Sin duda, es su mejor trabajo desde Hail To The Thief.
Es difícil elegir una recomendada, pues siempre van surgiendo nuevos matices y detalles en las canciones con cada nueva escucha. Pero me quedo con “Burn The Witch”. Para mi responde a la pregunta de ¿Qué pasaría si Kid A o Hail To The Thief hubiesen sido pensados para inaugurar una nueva era de la música clásica en vez de una del rock o el pop?
Aquí va “Daydreaming”.


Calificación: 5/5

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