Reseña: Diamante Eléctrico – Buitres

Resulta inevitable que esta reseña comience con un paréntesis. Diamante Eléctrico apareció en la portada de la Rolling Stone con una nota escrita por su editor principal a nivel mundial, David Fricke.

No me hace ruido eso, pues alguien puede reconocer si hacen bien o mal eso a lo que se dedican como lo hizo Fricke, como lo hacen varios colegas en el país y como quien escribe esto lo hace. Lo que me hace ruido es ensalzar al tipo que hizo la nota solo por ser ese tipo. Me permito jugar al abogado del diablo y preguntarme si dentro de la banda hubiesen destacado tanto al autor de la nota si hubiese sido un latinoamericano sin tanto perfil. No sé, un Alejandro Franco o alguien por el estilo. Está bien mostrarse agradecido, pero a ese nivel de reconocimiento hay ciertas cosas que suelen identificarse con lamboneria o arribismo, y esta es una de esas. Y aunque no estén obligados a ser ejemplo para nadie en absolutamente nada, tampoco es algo muy agradable de transmitir a las bandas que están luchando por hacerse un nombre como el de Diamante. Las bandas deben concentrarse en lo suyo, en hacer su música sin esperar tanto la bendición de un crítico cualquiera, mucho menos ahora cuando se supone que es un ejercicio de credibilidad muy debatida. Si quieren destacar lo que alguno dijo sobre ellos está perfecto, pero encuentro esa pleitesía hacía Fricke exagerada.

Hecho el paréntesis, hablemos de lo que nos compete: el cuarto disco de Diamante Eléctrico, y de la banda que lo grabó.

Diamante_Electrico-Buitres-FrontalPorque todo sea dicho, hay un trasfondo alimentado por amores, odios, actitudes, formas, premios y comentarios sociales que, guste o no, los convirtieron en un nombre importante. Ese que llevó a que su debut estuviese repleto de una inmediatez y una fuerza que no vio replica (incluso con algunos vicios típicos del rock colombiano a bordo, como la gesticulación excesiva de Galeano cuando canta), a un B donde se consagran en el panorama nacional y enfilan camino al Grammy Latino. De ahí encontramos la expansión de su sonido y las consecuencias naturales de acceder a mayores recursos en La Gran Oscilación. Tras esto, una colaboración con Billy Gibbons que desaprovecha el potencial del barbudo de ZZ Top y una presentación en Estereo Picnic cinco años después de su presentación en sociedad en ese mismo marco que deja ver en Buitres una banda con la firme intención de reinventar su estilo orientado a la guitarra para darle más espacio a los teclados, dejando la incomoda sensación de que ellos y yo nos hacemos viejos pero no por eso mejores.

Nunca he visto su relevancia mediática como una mera cuestión de “rosca” porque si no tuvieran canciones tan increíbles como las tienen estaría del lado de sus opositores. Más bien es una cosa de aprovechar contactos y es algo que no está mal, pero elimina ese factor “romántico” que buena parte del público espera ver en las bandas, a veces con la ingenuidad que suele acarrear el tema de “venderse”, a veces con la certeza de que el camino que hace leyenda de verdad no es otro que el que se hace “a mano limpia”. No daré nombres, pero quienes me conocen seguramente saben a qué bandas ubico en ese segundo grupo.

Elegir el camino más difícil no implica automáticamente haber tomado la decisión correcta, así como “partirse el lomo” no implica que su música deba ser de nuestro obligado agrado. El mejor ejemplo lo encontramos en el primer sencillo y tema que abre el LP. “Días Raros” desaprovecha la participación de Gibbons y nunca termina de convencer. Tal vez lo más positivo de ella sea que el coro funciona y que Galeano confirma que los días en que exageraba su entonación fueron, en efecto, días raros en su carrera, pero desperdicia su potencial. En “Rotos” prueban simplificando y dejando espacio para que Galeano en plan medio rapeado desempeñe todo su potencial como vocalista en una pista bien deudora del funk, pero la verdad es que no termina de despegar. Se queda mucho en eso de dar espacio, dejando tanto que al final se siente vacía.

No sé cuantos se hayan dado cuenta, pero Galeano y compañía parecen tener una fascinación con los elementos esenciales del planeta Tierra. En el debut era la tierra (“Diamante Eléctrico”), en el segundo el fuego es protagonista (“Todo Va A Arder”, “Combustión”), en el tercero es el aire (“Humo Sagrado”) y ahora en Buitres ceden al influjo del agua tanto en términos de sonoridad con esa sensación de humedad que transmite la presencia de teclados imperturbables al fondo, como en “El Naufragio (Salvavidas)”. Bien puede calificar como un remake de “Duele Como Yo”, pero tal vez por eso es que a partir de aquí todo parece funcionar en el disco: porque tiran una cuerda para, vea usted, salvarnos del naufragio que supone escuchar el principio de Buitres.

Afortunadamente la dirección a los teclados no es realmente fallida, y en “Casino” vemos al guitarrista Daniel Álvarez sosteniendo la melodía con puros punteos mientras ese teclado prolongado, sutil e insistente logra equilibrar mejor que en el arranque la intención de no recargar demasiado el sonido para favorecer esa intimidad buscada que ciertamente tiene mucho de blusera, pero también bastante de ochentera. El contraste lo marca directamente “Nefertiti”, de algún modo más 50s en su concepción pero sin llegar al punto de incursiones similares realizadas en el pasado como en “Déjala Rodar”. De hecho puede que Álvarez desarrollara un estilo propio para acceder a esa clase de referencias, cosa digna de aplaudir por no ceñirse a formulas ya probadas. No de una forma tan obvia, al menos.

“Oro” es junto con “Hasta La Noche” la canción pop de Buitres, pero tiene algo más que un buen coro. Aprovecha mejor las posibilidades del teclado y en general engancha mucho más que el primer sencillo de esta producción. No debe sorprender si la eligen como el próximo corte de difusión, pues se defiende perfectamente en términos de pop-rock tanto como lo hace en el repertorio de la banda. “Buitres” y “Mérida” continúan esa linea y de hecho la segunda imprime una mística que le sienta de maravilla. Para el final se guardan un as bajo la manga: “No Me Lo Pidas”, una ranchera donde colabora Flor De Toloache, un grupo femenino de rancheras. El frenesí del Diamante alterna perfectamente con el aura casi bandolera que imprimen los vientos y las cuerdas de sus invitadas, dando como resultado un cierre peculiar que deja al oyente con la miel en los labios.

Buitres representa el primer paso hacia la madurez para Diamante Eléctrico. Comienzan a consolidar todo lo que lograron en cinco años con o sin apoyo del público, aun cuando sea en un trabajo que consistente y todo, peca de quedarse demasiado ceñido a la forma “correcta” de ejecutar los instrumentos. Sacrifica mucho del trabajo de Álvarez en la guitarra (no deja de ser cierto ni siquiera reconociendo su capacidad para adaptarse al nuevo estilo), y aun con sus aciertos es como si se hubiesen quedado un poco a mitad de camino en sus objetivos. Ni las guitarras tienen el protagonismo habitual, ni el teclado es tan poderoso como sospechábamos en Estereo Picnic que podía serlo, ni juegan tanto con los ritmos como se esperaría. No calificaría Buitres como “aburrido”, pero si hay gente que lo llegue a ver de esa forma es muy comprensible, pues salvo dos temas no hay nada tan memorable en el disco.

Respeto a Diamante Eléctrico muchísimo más de lo que estas palabras puedan expresar. Lo enfatizaré cuantas veces sea necesario. Pero las grandes ligas no equivalen a mejores pasos. Los premios y las palmadas de los medios musicales más prominentes no quieren decir nada al lado del hecho de que ese juego lo vienen jugando mejor varias bandas más en el país. Y en unos meses eso puede quedar demostrado.

Mi recomendada es “Mérida”. Desarrollé debilidad por las composiciones de Galeano cuando apelan a esa cosa medio chamánica. Es ahí donde veo realmente la esencia de Diamante Eléctrico.

Aquí va “Rotos”.

Calificación: 2.5/5

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