Reseña: Whitechapel – The Valley

Los discos de metal se han vuelto últimamente invitados recurrentes en mis reproductores de turno. De un tiempo para acá parece que algo de esa ejecución que puede oscilar entre lo agresivo y lo siniestro pero siempre se sentirá de algún modo desquiciada, atrapante y adictiva ha tocado fibras. Eso que parecía ser solo una etapa de mi adolescencia parece haber encontrado un espacio. Y debo decir que eso en buena medida es por las bandas que han buscado con uñas y dientes una reformulación de lo que el heavy metal debería representar, yendo más allá de las pre concepciones clásicas y conectando de nuevas maneras con un público tan exigente y fiel como ese.

Es verdad que llevan ya un largo tiempo en el negocio, no son la banda más innovadora o preocupada por reconectar con una nueva audiencia entre todas las de esa camada del nuevo milenio, y ciertamente no comencé a escucharlos sino hasta esta producción (aunque me vi obligado a escuchar mucho de su catálogo anterior para tener algo de contexto). Pero algo que si tuvo Whitechapel siempre es que jugaban su propio juego, con sus propias reglas. No necesariamente son ajenos al mundo, pero no se dejan llevar por este.

Una mezcla de instintos y base deathcore a la que en los últimos trabajos (particularmente desde Mark Of The Blade de 2016) se le fueron sumando trazos de groove metal en forma de ganchos melódicos irresistibles, los llevaron a grabar hasta la fecha siete discos donde fueron puliendo los distintos elementos que conforman ese sonido tan atractivo y repleto de violencia. Elementos liderados por la arrolladora voz de Phil Bozeman, un auténtico sinónimo de versatilidad sea que tire los growls más inhumanos posibles o cante con la melodía más precisa y atrapante. Detrás suyo, el desmadrado trío de guitarras conformado por Ben Savage, Zach Housenholder y Alex Wade, sumado a las lineas espesas del bajista Gabe Crisp que responden a la exigencia que imprime Bozeman con una fuerza que los hace ciertamente temibles.

Lo único que no es tan estable en la historia de Whitechapel es la batería. Por eso desde la partida de su interprete más estable, Ben Harclerode en 2017 (estaba con ellos desde 2011) se han tenido que valer de músicos en vivo para suplir su ausencia. Aunque Alex Rudinger viene girando con ellos para esta gira promocional, el que se encargó de los tarros en The Valley fue Navene Koperweis, reconocido por su trabajo en Animosity y Animal As Leaders.

Tras un Mark Of The Blade aclamado y donde Bozeman probaba por primera vez con voces limpias pero que no dejó tan satisfecho al grupo en términos de producción además de dividir a su audiencia, tenían un reto enorme por delante. Estaba claro que, de su parte, algo con la pureza y desgarro de su This Is Exile de 2008 no iba a volver a verse si ya habían coqueteado con ese lado más melódico, pero se hacía necesario dotarlo de más fuerza, más poder de intimidación desde el estudio para que el directo fuese inapelable desde cualquier punto de vista. Esa fue la consigna detrás de The Valley, y la cumplen a todos los efectos.

Son diez canciones donde dejan un testimonio contundente de ese crecimiento profesional y creativo que se ve traducido en algo que definitivamente trasciende el círculo deathcore. Directamente en The Valley hay un disco de metal configurado en 2019. Ni más ni menos. Tras un arranque bárbaro con tres de los adelantos que pudimos escuchar en meses anteriores, “When a Demon Defiles a Witch”, “Forgiveness is Weakness” y “Brimstone” parece ratificar la idea del deathcore al servicio de ganchos más irresistibles explorada en Mark Of The Blade, pero claramente la producción y la ejecución superan por mucho las expectativas. Escuchamos en ese lapso una banda renacida y sobre todo, más comprometida que nunca con ese nuevo rumbo.

La accesibilidad de “Hickory Creek” que le valió la responsabilidad de ser la canción que contactara con “los otros” o “los que no son de la escena” se siente casi como un punto aparte al internarse en el disco, pero ciertamente cumple su función a las mil maravillas. Entre trazos no tan lejanos de los de Converge en “The Other Side” y “Third Depth” junto a momentos puramente groove en “We Are One” y “Doom Woods” sumados a la brutalidad deathcore de siempre en “Lovelace” o “Black Bear”, The Valley se desenvuelve con una ligereza envidiable que no ve reparo en añadir alguna guitarra acústica si la situación lo exige (caso de “Doom Woods”). Pero es una ligereza sobre todo, extraña en una agrupación que lleva siete discos. Donde otros ven su motivación perdida o comprometida, la banda de Knoxville encuentra motivos para seguir dando pelea. Es más, encuentran motivos para dar pelea en un ring más grande del que han tenido hasta ahora a su disposición.

Mi recomendada es “Lovelace”. Guitarras como helicópteros mientras Bozeman parece incitarlos a que lo ataquen, buscando más dolor o más sangre, es una imagen inevitable.

Aquí va “Hickory Creek”.

Calificación: 4/5

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