Retrospectiva: The Stone Roses, el debut

El britpop fue causa y efecto. Un eslabón más de ese linaje que iniciaron los grupos de la Invasión Británica que vio continuidad en el glam rock, el punk, el post-punk y el movimiento indie de los 80s, que al verse invadido por el grunge tuvo una oportunidad para responder y dar algo de la música más impresionante de los 90s. Un grupo fugaz encarnó buena parte de ese linaje en su interior hasta el punto de colocarse como uno de los momentos que cambió la música británica para siempre. Un 2 de mayo de 1989, mientras la expectativa estaba más centrada en el nuevo álbum de The Cure en el plano del rock internacional, una banda de Manchester finalmente debutaba tras un proceso que llevo varios años hasta convertirse en la gran revelación musical de ese año.

Hoy toca hablar de The Stone Roses, y su debut homónimo.

Contexto

La banda dando un concierto en Estocolmo, Suecia en 1985.

Cuando Ian Brown, John Squire, Mani y Reni se metieron al estudio a grabar su primer LP, Inglaterra en el panorama musical vivía una serie de realidades paralelas motivadas por la aparición de nuevos estilos que definirán a fuego los años noventa en ese país. Encontramos entonces la aparición del shoegaze como movimiento emergente capaz de reformular muchas concepciones alrededor de las posibilidades que podía ofrecer la música de guitarras. De igual manera tenemos el house, que se tomó las discotecas de Reino Unido y ya comenzaba a gestar una generación de productores más atrevidos, más ácidos y con un sentido del ritmo que durante la década siguiente los pondrá en el mapa por derecho propio.

Durante los 80s, los sellos más importantes dieron la espalda a toda la movida del indie (en parte por desinterés, pero también porque dichas bandas le dieron la espalda a eso por cosas de la ética punk) y se empecinaron en seguir promoviendo los mismos actos pop de siempre, más rentables y fáciles de vender con formulas ya probadas. Lo preocupante de esto es que para principios de los 90s la cosa parecía que no iba a cambiar y muchos de estos actos ya estaban agotados creativamente o habían madurado demasiado para el gusto de la emergente generación X.

Mientras tanto y a raíz de la separación de The Smiths en 1987, el college rock norteamericano de la mano de Pixies, Dinosaur Jr. y Sonic Youth influía en muchas bandas de Inglaterra como Swervedriver o Radiohead. Esto último es vital porque para un país y una industria tan orgullosamente patriotera como la inglesa eso era un insulto, mucho más tratándose de un país que se jactaba de imponer tendencia siempre. La misma historia se repetiría años después con el britpop, pero me estoy adelantando…

Cuando The Stone Roses se formó en 1985 tenía unos cuantos puntos de referencia: la psicodelia de los sesenta, el funk y The Smiths. Los arreglos y melodías de lo primero, los ritmos contagiosos de lo segundo, y la abierta actitud retro de los terceros. Resulta llamativo que mientras Morrissey y Marr tomaron como punto de partida los 60s antes de Sgt. Peppers, Ian Brown y compañía se orientaron hacía lo que pasó después de ese álbum.

Tras unos primeros lanzamientos con Martin Hannett en la producción que no cumplieron las expectativas de nadie, la banda parece encaminarse en el camino correcto en 1987 cuando aparece “Sally Cinnamon”, sostenida con arpegios muy finos, profundamente deudora de The Beatles y la psicodelia de la Costa Oeste de los Estados Unidos de grupos como The Byrds, los primeros Beach Boys o Jefferson Airplane. Más tarde cuando Mani se une a la banda como bajista y consiguen ser contratados por la disquera Silvertone, parece que la alquimia del grupo finalmente surge en todo su esplendor con su siguiente sencillo “Elephant Stone”, donde parecen encontrar la fórmula para tomar por sorpresa las listas de música apelando a enfatizar el baile a través de la instrumentación clásica del rock sin dejar de lado los ganchos funk o psicodélicos en el proceso, además de ser su primera colaboración con el productor John Leckie, si bien compartió créditos en esta ocasión con Peter Hook, bajista de New Order.

Habiendo encontrado todos los elementos necesarios para destacar (incluida la arrogancia mediática como arma para darse a conocer rápidamente), The Stone Roses comienza a grabar junto a Leckie su debut.

El disco

Leckie es un tipo con una hoja de vida que podría explicar por sí sola su comprensión de lo que buscaban los Roses creativamente, pero también mucho de su impacto posterior. Antes de esto, tuvo la oportunidad de hacer algo de trabajo como ingeniero para George Harrison en su álbum All Things Must Pass, y para Pink Floyd en Meddle y Wish You Were Here. Como productor, su primer trabajo importante fue con Magazine en su debut Real Life, por lo cual produjo para Simple Minds y The Fall unos años hasta que su camino se cruzó con el de Stone Roses. Más adelante producirá para The Verve, Kula Shaker, Muse, The Coral y Palma Violets, sirviendo en la mayoría de los casos como un ejemplo del sello tan notable que dejó en el álbum protagonista de este post.

Señas que básicamente heredan todo lo que pueden de la “escuela Abbey Road” en que se formó. Cuidado con el uso de los canales, facilidad para armar espacios sin abusar de la reverberación como se estilaba en el pop de los ochenta y, particularmente en este caso, un gusto por alterar pistas previamente grabadas para reproducirlas en velocidades distintas o incluso al revés para que Brown cantara algo nuevo. En parte por no disponer de mucho presupuesto pero como más adelante se sabría, también se debía a lo limitados que eran para componer apelaron a ese recurso para hacer de sus lados-b algo más parecido a collages de audio. Eso hizo que comparar a The Stone Roses con la etapa más vanguardista de The Beatles fuese algo bastante sencillo.

No obstante y para ser un trabajo con señas de identidad tan marcadas, The Stone Roses es un álbum con matices muy variados, aún cuando los mismos pueden dividirse en dos frentes: melodías dulces y ritmos irresistibles. “Waterfall”, “(Song For My) Sugar Spun Sister” y “This Is The One” remiten a los sesenta en la melodía pero al mismo tiempo dejan ver que hay un giro dado por esa fórmula que el college rock había encontrado ya, al sumar algo de contundencia en los instrumentos, sobre todo en la guitarra de John Squire o en la batería de Reni. Si a eso sumamos esa devoción casi religiosa con la que Brown canta en cada uno de estos temas (una importante brecha la que marca frente a la melancolía que predominaba antes con Morrissey durante su etapa con The Smiths) es sumamente comprensible que funcionara como lo hizo. Gracias a Leckie, perfeccionaron con creces la idea que exploraron unos años antes con “Sally Cinnamon”.

“Bye Bye Badman” sube la apuesta y añade arreglos de guitarra dignos de Buddy Holly, dando como resultado una pieza más elaborada que el promedio y siendo seguramente uno de los primeros ejemplos de lo que varios años después llegará a ser conocido como “britpop”.

Por el lado de los ritmos y si bien mantiene esa inspiración sesentera, “She Bangs The Drums” es fundamentalmente un típico número college rock de los que predominaban entonces. Los cambios de ritmo en la mitad cuando Squire asume el mando son fundamentales para darle ese sello irresistible. Palabras similares podrían decirse de “Shoot You Down”, que aún enfatizando más en la melodía deja ver detalles funky en la guitarra de Squire y el bajo de Mani.

Hay algo que no se suele decir mucho con respecto al debut de los Roses, y es que en varios temas tuvieron que darse mañas para incluirlos y hacer que la duración del disco fuese la exigida por su disquera a costa de sacrificar algo de calidad en el resultado final. Una prueba de eso la tenemos en “Elizabeth My Dear”, que se resume en punteos de Squire sosteniendo la voz de Brown. En “Don’t Stop” básicamente ponen la pista de “Waterfall” a rodar al revés mientras Ian canta “Don’t stop, isn’t it funny how you shine?” entre versos ingenuos que evocan la inocencia de tiempos que definitivamente no eran los ochenta.

Con todo, hubo tres canciones que marcaron diferencia y justifican con creces ser uno de los debuts más impactantes del indie en general, y en la historia del Reino Unido en particular básicamente por hacer lo que no hicieron en el resto de canciones: fusionar melodía y ritmo.

“I Wanna Be Adored” es el Madchester incursionando en el dub. Ni más ni menos. El bajo profundo de Mani domina en los coros, como anticipando el estallido guitarrero de Squire, que con melodías intrincadas se vale para lucirse, mientras suma una cuota de acidez en los pedales que no hacen descabellado pensar en él como un Hendrix del indie.

No muy lejos de esas intenciones podemos ubicar a “Made Of Stone”, otro de los puntos altos del disco y con la épica que explotará más tarde el britpop hasta el hartazgo muy presente. Ojala que las bandas posteriores a ellos se le hubiesen medido a copiar también ese glorioso efecto flanger que despliega Squire en la guitarra durante la segunda mitad de la canción. En líneas generales es lo más cercano a The Smiths que tiene el álbum, con esa melancolía que predomina en las letras y parece hacer eco en que los años ochenta no fueron de absoluto glamour para todo el mundo en Gran Bretaña.

Por último, hablar de “I Am the Resurrection” es hacerlo de muchas cosas que ocurren en los ocho minutos que dura la canción que bien podríamos dividir en tres partes. Cambios de ritmo propios de una pista de baile, crudeza, guitarras, un bajo imponente, melodía en la primera; catarsis pura y absoluta en la segunda, y un cierre elegante en la tercera donde se filtra nuevamente su pasión por la psicodelia. Mientras, Brown se dedica a pontificar sobre lo grandes que son y serán en el coro.

Recepción

El 6 de marzo apareció “Made Of Stone” como primer sencillo del LP, alcanzando un respetable #90 en las listas. Varios meses después de publicarse el disco aparece “She Bangs The Drums” en julio llegando al #34 así como al #9 en las listas del college rock en Norteamérica. Para los Estados Unidos se publicó “I Wanna Be Adored” en septiembre, llegando al #18.

Logró llegar al #86 en el Billboard 200 en Estados Unidos y al #19 en las listas británicas, a las cuales reingreso en 2004 y 2009 llegando respectivamente al #9 y al #5. A la fecha las cifras aproximadas de ventas son de 4 millones de copias a nivel mundial. Toda publicación británica que se precie de serlo, lo ha ubicado desde entonces entre los mejores trabajos de todos los tiempos, mientras que los medios norteamericanos notaron rápidamente que había un hype desmedido a su alrededor y, como suele suceder con mucha de la música británica, pasó desapercibida. Después de todo, ya en esos días se empezaba a perfilar su Manchester particular en Seattle.

La gira promocional los llevó por toda Europa, alcanzando audiencias muy superiores a las que podían aspirar tan solo unos meses antes. De esta, los shows en el Empress Ballroom de Blackpool y en el Alexandra Palace de Londres fueron los que quedaron inmortalizados, alcanzando los 4000 y 7000 espectadores respectivamente.

Legado

Tras la publicación del LP y una gira que les permitió tocar por primera vez ante miles de personas, las cosas irían todavía mejor cuando en noviembre de 1989 apareció el sencillo doble “Fools Gold/What The World Is Waiting For”, consolidando su nombre como la gran revelación del año en Inglaterra, aún más con su aparición en Top Of The Pops. Pero ya en 1990 las cosas parecían haber dado un giro aún más abrupto que aquel que los puso en el mapa. La que prometía ser su consagración definitiva, el show en Spike Island de mayo junto a varios nombres importantes del movimiento baggy (de hecho llegó a ser promovido como el Woodstock de ese movimiento) terminó siendo más recordada por los fallos de sonido y la pelea que desató la banda durante la rueda de prensa con los periodistas presentes.

Ian Brown y Mani en el concierto de Spike Island de 1990.

Dos meses más tarde aparece el sencillo “One Love”, que se sentía más dominado por la guitarra de Squire en contraste con otros temas de la banda donde había un equilibro de fuerzas evidente y no tuvo una recepción tan positiva, a pesar de llegar al #4 y siendo el puesto más alto alcanzado por la banda. Y la parte más dura: una batalla jurídica con su disquera Silvertone por pago de regalías que les impidió publicar material o tocar en vivo por casi tres años.

Cada uno de esos golpes representó el haber perdido ese breve pero inolvidable momento de máxima popularidad. Mientras su batalla legal tenía lugar, sucesivamente el shoegaze, el grunge y el britpop tomaron su lugar en las preferencias de todos. El sucesor del debut homónimo, Second Coming (como por si alguien pensaba que su autoproclamada divinidad era pasajera) pasó desapercibido aun cuando dejó algunos momentos brillantes y entre peleas que se cobraron a Reni primero y John Squire después, la banda se disolvería en 1996. Reni se retiraría del ojo público, Squire formaría The Seahorses que grabaron un único álbum para disolverse por peleas internas, Ian Brown armaría una carrera solista respetable y Mani se la pasaría tocando con Primal Scream hasta que decidieron reunirse nuevamente los cuatro en 2011 para dar una serie de shows hasta 2017, cuando dieron su última presentación en Heaton Park, en su natal Manchester.

Es como mínimo discutible que fuesen la primera banda que pusiera a bailar gente al ritmo del rock, pero claramente fueron junto con Happy Mondays los primeros que demostraron en un disco el rol que podía desempeñar el house si lo dejaban infiltrarse en el sonido de una banda indie. Aunque no era realmente de ahí de donde provenía ese sentido del ritmo en el caso de los Roses, tampoco es tan difícil inferir que encontraron una forma de integrar esa música negra en su acople gracias a ese ejemplo que dominaba las noches de juerga en Manchester y a la ayuda de Leckie en la producción, así como la de Peter Hook en sus años formativos.

Por eso la aparición de The Stone Roses fue tan importante: porque su declarada arrogancia, su ambición por ser un grupo dominador, sus ritmos y melodías contagiosos y su abierto desdén por casi todo ese contexto en el que se desarrollaba su historia los hizo diferentes al resto a los ojos de la prensa. No eran una banda especialmente patriotera, pero el aura de superioridad que se daban a sí mismos dejaba claro que no podían venir de otro lugar en el mundo que no fuese Reino Unido, y Manchester en particular. Eso derivó en una relación amor-odio con la prensa que les permitió durante dos o tres años marcar tendencia, pero también cavó su propia tumba. Algo muy similar a cierta banda de hermanos de los noventa, también de Manchester…

El debut de Stone Roses marcó la ruptura que necesitaba la música emergente del momento para desenvolverse y buscar algo más. Aún si estaba dada por reciclar el pasado, el detalle estuvo en aprovechar el espíritu rave y ponerlo al servicio de música que nació y se desarrolló al margen de todos y todo. Y más importante aun, el detalle estuvo en creerse todo ese cuento de predestinación que vendía revistas y periódicos. Que ellos eran “los únicos”.

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